(NARRADO POR KEELEN)
Me quedé estático, con la mano aún extendida hacia la puerta por la que Eira acababa de desaparecer. El eco de sus palabras, ese "falta de carácter" que me lanzó como una granada, seguía detonando en mi pecho. Quería correr tras ella, derribar a quien se cruzara en mi camino y gritarle que tiene razón, que soy un cobarde, pero que la amo tanto que me ahogo.
Sin embargo, los pies no se movieron. El peso de siglos de etiqueta, de la mirada de Artemises y de la mano de Helena