El comedor de mi casa se sentía como una celda de lujo. La cristalería brillaba bajo la lámpara de araña, y el olor a asado me resultaba nauseabundo. Mi padre, Artemises, presidía la mesa con una sonrisa de satisfacción, flanqueado por su mejor amigo y, para mi desgracia, por los dos hombres que habían convertido mi vida en un campo de batalla.
Keelen estaba sentado frente a mí. Se veía impecable, pero sus ojos estaban hundidos, fijos en su plato. A su lado, Helena no dejaba de tocarle el brazo