El sol de la tarde caía sobre los jardines de la universidad, pero yo solo sentía un frío gélido en los huesos. Caminaba hacia la biblioteca con los documentos de mi intercambio apretados contra el pecho cuando una figura elegante y letal me cortó el paso. Helena. Lucía un conjunto de sastre impecable y esa sonrisa de suficiencia que me revolvía el estómago.
—¿Así que te vas a Atenas, "pequeña" Novak? —soltó con una voz cargada de veneno—. Me parece una decisión excelente. Supongo que finalment