El reloj digital sobre la mesa de noche marcaba las 3:14 AM. El silencio en la suite era absoluto, roto únicamente por el rítmico vaivén de las olas del Egeo y el sonido, mucho más carnal, de nuestros cuerpos chocando en la penumbra. Keelen estaba sobre mí, sus manos grandes ancladas en mis caderas, moviéndose con una parsimonia cruel que me tenía al borde del delirio. Cada embestida era profunda, lenta, una reclamación silenciosa que hacía que mis dedos se hundieran en las sábanas de seda, buscando un anclaje que no existía.—Eres tan estrecha, Eira… —susurró él, su voz era un gruñido ronco que me erizó la piel—. Siente cómo te reclamo. Siente cómo te abres solo para mí.—Keelen… por favor… —gemí, echando la cabeza hacia atrás, sintiendo el sudor perlando mi frente.Justo en ese momento, una luz azulada y estridente cortó la oscuridad. Mi teléfono, abandonado sobre la mesilla, comenzó a vibrar con una insistencia violenta. El nombre en la pantalla hizo que mi sangre se congelara: DRA
Leer más