(NARRADO POR KEELEN)El olor a cena quemada se había quedado atrás, en la cocina, como un eco de una vida doméstica que, aunque necesaria, no era lo que mi cuerpo exigía en este preciso instante. Al entrar en la habitación, el aire se sentía distinto. Aquí, en mi santuario en Atenas, la luz de la luna se filtraba por las persianas, dibujando rayas de plata sobre la cama de sábanas oscuras.Eira caminaba delante de mí, todavía un poco agitada por lo que acababa de pasar en la cocina. Se detuvo en medio del cuarto, girándose para mirarme con esa mezcla de desafío y vulnerabilidad que siempre me ponía a prueba. Durante cuatro meses en Texas, nos habíamos tratado como si estuviéramos hechos de cristal. Ella cuidando mi columna, yo cuidando su estabilidad emocional. Habíamos tenido sexo, sí, pero siempre bajo el velo de la precaución.Pero hoy, el aire de Grecia me recordaba quién era yo antes de la caída. Y me recordaba quién era ella bajo mi piel.—Keelen... —susurró, al ver que cerraba
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