C52. El primer día en la jaula de cristal.
Salí de la oficina sintiendo que me faltaba el aire. ¿Incienso? ¿Rezos? ¿De qué hablaba este hombre? Me senté en mi escritorio y empecé a trabajar con una energía frenética. Durante horas, solo escuché el tecleo de mi computadora y el murmullo de las llamadas que filtraba para él. Era un ritmo agotador, pero me mantenía enfocada. Cada vez que la puerta de su oficina se abría y lo veía pasar, sentía una descarga eléctrica. Él era el centro de gravedad de este edificio muerto.A las tres de la tarde, el teléfono de mi escritorio sonó. Era una línea interna privada, una que Claudia no me había mencionado.—¿Diga? —respondí, tratando de sonar profesional.—¿Quién habla? —una voz de mujer, fría, cortante y cargada de una autoridad fúnebre, me respondió del otro lado. No era una voz vieja, pero sonaba cansada de vivir—. ¿Dónde está mi marido?—Habla Alicia Estrada, la asistente del signore Ferrari. Él está en una reunión ahora mismo, ¿desea dejar un mensaje?Hubo un silencio del otro lado.
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