C57. Lo mejor es que renuncie.
Alicia Estrada
El coche de Gero se detuvo frente a mi edificio con un chirrido que cortó el silencio de la calle. Palermo parecía estar conteniendo el aliento. Mis manos no dejaban de temblar; parecían dos aves asustadas sobre mi regazo.
El viaje desde Catania había sido una tortura de silencios y miradas gélidas de Giovanni, pero lo que me esperaba en casa era un tipo de horror que no se podía combatir con guardaespaldas.
—Espere aquí, signora —ordenó Gero.
Su voz era un látigo. Ya no era el