C26. La tregua de papel.
Giovanni FerrariDos semanas después de que los carabinieri nos notificaron la orden, el silencio en la finca era, por primera vez, real. No era ese silencio espeso y cargado de amenazas de antes, sino una calma ganada a base de autoridad y de billetes bien repartidos en los despachos judiciales de Roma. Había reforzado la seguridad con hombres que no conocían el miedo ni la piedad; profesionales que entendían que mi propiedad era tierra sagrada. Si alguien se asomaba por las colinas con una cámara o un par de binoculares, no volvería para revelar la foto. Ese era el trato.Me serví un whisky doble, sintiendo el peso del cristal tallado en mi mano. Miré por el ventanal del salón principal. El sol se ocultaba tras los cipreses, tiñendo el paisaje de un naranja suave, casi pacífico. Por fin, la casa no olía a incienso ni a la humedad de las iglesias viejas que Agata solía frecuentar para purificar sus "pecados".—Se acabó, Agata —susurré para mis adentros, sintiendo el ardor del alcoho
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