El primer destello de luz fue un puñal. Dante se despertó con un gruñido, cubriéndose el rostro con el brazo. Le ardían los globos oculares, pero era un dolor vivo, eléctrico, muy diferente a la pesadez sorda de los días anteriores.Parpadeó repetidamente. El mundo no era nítido, pero ya no era negro. Era como mirar a través de un cristal empañado por el vaho. Veía manchas de color, sombras que cobraban volumen, el brillo dorado de los marcos de los cuadros en las paredes.Y entonces, frente a él, tomó forma una silueta.Elena estaba dormida en el sillón. La veía como un contorno suave, vestida de blanco, con el cabello oscuro derramado sobre los hombros como una mancha de tinta. No podía ver sus rasgos con precisión, pero veía el movimiento rítmico de su pecho al respirar.Dante se incorporó en silencio. La sensación de recuperar el espacio, aunque fuera de forma borrosa, le devolvió una ferocidad que creía perdida. Se quedó observándola durante largos minutos. La doctora que lo habí
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