SAMUELAntonella, se acercó a Mauricio. Él sangraba en silencio, con los dientes apretados, la camisa blanca empapada de rojo y los ojos clavados en ella con tanto odio.—Ahora —dijo Antonella, mirándome—. Largo. Llévate a tus amigos. El coche está en la puerta trasera, las llaves están puestas. No pierdas tiempo.—¿Y el contrato? —pregunté, sintiendo cómo la urgencia me apretaba el pecho—. El que firmamos. El que nos ata.Antonella miró a uno de los encapuchados. El hombre metió la mano dentro de su chaqueta y sacó un sobre de papel manila, grueso, sellado. Luego una memoria USB, pequeña, plateada, que brilló bajo la luz del estudio.—Lo prometido es deuda —dijo Antonella, entregándomelos. Sus dedos rozaron los míos y por un instante sentí que sus manos temblaban—. Revísalo. Es tuyo. Haz lo que quieras con él.Abrí el sobre. Los papeles estaban ahí. El contrato que firmamos con la letra pequeña, las cláusulas que nunca leímos, las páginas que nos ataban a Mauricio, a este lugar, a es
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