SAMUEL
En ese momento, la comida llega. Los platos humean, esparciendo un aroma que en otras circunstancias nos habría hecho salivar. Hay bandejas de mariscos, arroz con coco, patacones crujientes, jugo de corozo bien frío. Todo lo que Cartagena tiene de mejor. Pero ahora, frente a nosotros, la comida parece ajena. Un lujo que no merecemos mientras ella está encerrada.
—Deben comer —dice Marco, y su voz es un mandato suave pero firme—. Necesitamos estar en buen estado físico. No sabemos lo que