Yo me quedé en medio del pasillo, con las manos vacías, con la cabeza llena de preguntas que no tenían respuesta. El contrato. La letra pequeña. Los doscientos mil dólares. La cárcel. Cada palabra resonaba en mi cabeza como un eco que no se detenía.
—¿En qué nos metiste? —preguntó Gael, sin levantar la cabeza, la espalda apoyada contra la pared como si ya no pudiera sostenerse solo.
—¿Ahora es mi culpa que ese pendejo nos quiera ver la cara? —respondí, y la rabia me subió por el pecho.
Bastián