SAMUELEl avión toca tierra con un golpe seco que me sacude los huesos. Afuera, el sol del sur golpea con fuerza distinta, más húmeda, más densa. La ciudad se extiende más allá de la pista, con sus montañas verdes al fondo y ese olor a caña de azúcar que nunca se va del todo. Desciendo los escalones con la mochila al hombro y una sensación extraña, que no logro descifrar.—¡Bienvenidos! —una voz potente nos recibe antes de que lleguemos a la terminal.Un hombre de unos cincuenta años, bien vestido, con esa seguridad de quien está acostumbrado a recibir artistas en su territorio, se acerca con los brazos abiertos. Detrás de él, una mujer joven, de cabello largo y sonrisa ensayada, lo sigue con una libreta en la mano.—Soy Mauricio —dice el hombre, estrechándonos las manos una por una con fuerza calculada—. Productor musical, gestor de talentos, y su anfitrión durante su estadía. Ella es Antonella —señala a la asistente, y ella sonríe con dientes blancos y perfectos—. Ella se encargará
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