SAMUELEl mundo se rompe en cámara lenta.Un segundo antes, Valeria estaba de pie frente a todos, hablaba con una voz que no temblaba, señalaba a mi padre con un dedo que no dudaba, contaba cada crimen, cada mentira, cada noche encerrada. Yo la miraba desde el fondo de la sala, con el pecho apretado, con las manos sudorosas, con la certeza de que por fin, después de todo, íbamos a ganar.Y entonces ella empezó a caer.No fue un desmayo limpio. Fue un derrumbe, sus piernas se doblaron como si alguien les hubiera cortado los tendones. Sus ojos se abrieron desmesurados, blancos, vacíos. Sus labios intentaron formar una palabra que nunca llegó a salir.—¡Valeria!Mi grito se perdió en el estruendo de la sala. Los inversionistas se levantaron de sus sillas. Las esposas empezaron a gritar. Los periodistas, esos malditos periodistas que habían venido a cubrir la entrega de la obra, empezaron a disparar sus cámaras como si fuera un desfile, como si fuera un espectáculo, como si no estuvieran
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