SAMUEL
Antonella, se acercó a Mauricio. Él sangraba en silencio, con los dientes apretados, la camisa blanca empapada de rojo y los ojos clavados en ella con tanto odio.
—Ahora —dijo Antonella, mirándome—. Largo. Llévate a tus amigos. El coche está en la puerta trasera, las llaves están puestas. No pierdas tiempo.
—¿Y el contrato? —pregunté, sintiendo cómo la urgencia me apretaba el pecho—. El que firmamos. El que nos ata.
Antonella miró a uno de los encapuchados. El hombre metió la mano dentro