SAMUEL
Antonella se gira. Me mira con los ojos entrecerrados, con la respiración aún agitada y la sonrisa todavía en los labios.
—¿De verdad quieres saber? —y en su voz hay crueldad.
—Dímelo —ordeno, y mis dedos se clavan en su piel.
—Solo sé que tu padre, no dejará que la encuentres.
El mundo se detiene.
—Mientes —susurro, pero ya no estoy seguro de nada.
—¿Miento? —Antonella se ríe, y esa risa es una daga que me atraviesa.
—No puede ser.
—Olvídate de ella, Samuel.
—nunca voy a renunciar a ell