SAMUEL
El avión aterriza en Cartagena con un golpe seco que me sacude los huesos. Afuera, el sol de la mañana golpea con una fuerza que no recordaba, el calor húmedo se cuela por los pasillos del aeropuerto como un abrazo asfixiante. Mis amigos caminan detrás de mí, cansados, hambrientos, con la ropa que llevamos puesta desde la fuga, con los ojos todavía nublados por todo lo que vimos en Cali.
—¿Y ahora qué? —pregunta Gael, mirando a su alrededor como si esperara que la policía saltara detrás