Esa tarde, Noah se quedó en mi departamento más tiempo de lo habitual. No me molestó. Al contrario. Había algo en su presencia que lograba calmar el ruido constante en mi cabeza. Como si, por unas horas, todo pudiera ser sencillo. Pedimos pizza. Elegimos una película que ella insistió en ver aunque ya la había visto mil veces. Se acomodó a mi lado en el sofá, apoyando la cabeza en mi brazo como si fuera lo más natural del mundo. Y quizá lo era. Quizá siempre lo había sido. Reímos. Comentamos escenas. En algún momento, sin darme cuenta, dejé de pensar en la terapia, en el accidente, en todo lo que me perseguía. Solo estaba ahí. Con ella. Pero el timbre sonó, rompiendo esa burbuja. Miré la hora. Casi las diez. Me levanté, sintiendo un leve nudo en el estómago. Al abrir la puerta, ahí estaba Nathan. Su sola presencia… siempre cambiaba el aire. —Perdón por la hora —dijo, pasando una mano por su cabello—. El tráfico estuvo insoportable. Noah no le dio tiempo a más. Corr
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