Habían pasado algunos meses desde aquella noche de la fiesta. El invierno, frío y silencioso, había quedado atrás. Ahora la primavera se abría paso poco a poco, llenando el aire de luz, de colores suaves, de vida nueva. Y la casa de Nathan… ya no era la misma. Se había llenado de risas. De pasos pequeños corriendo por los pasillos. De voces que ya no temían romper el silencio. Ahora era un hogar. Uno de verdad. ⸻ En la sala, Noah corría descalza sobre la alfombra, abrazando con fuerza un pequeño peluche desgastado. Reía sola, inventando historias en voz baja, como solía hacer. Pero entonces— un sonido la detuvo. Un llanto suave. Delicado. Venía desde la habitación. Se quedó quieta un segundo… y luego corrió. Se detuvo frente a la puerta entreabierta, dudando, como si ese pequeño espacio marcara una línea invisible entre lo conocido y algo completamente nuevo. —¿Puedo pasar? —preguntó en un susurro, asomando apenas la cabeza. Dentro, Maya estaba sentada en un sillón
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