Las semanas pasaron más rápido de lo que esperaba.
Al principio, cada día se sentía pesado, como si tuviera que aprender a respirar de nuevo. Pero poco a poco, sin darme cuenta, el tiempo empezó a deslizarse con una naturalidad extraña.
La vida… se acomodó.
No de forma perfecta.
Ni ordenada.
Pero sí en un equilibrio frágil que, de alguna manera, funcionaba.
Una semana en mi departamento con Noah.
Otra en la gran casa de Nathan.
Como si estuviéramos construyendo algo… sin atrevernos aún