La lluvia arreciaba sobre los jardines de la mansión de Vince, transformando el paisaje en un laberinto de sombras y estrépito. Corrí entre los setos, con el corazón golpeando mis costillas como un animal enjaulado. La imagen de Cianna —viva, gélida, despiadada— seguía grabada en mi retina, quemando cada uno de mis recuerdos. Pero mi prioridad absoluta era ella.La encontré cerca de la fuente de mármol, al final del sendero de los sauces. Isabella estaba de pie, bajo el agua torrencial, con los hombros hundidos y la mirada perdida en el estanque revuelto. Su vestido de seda, el mismo que horas antes me había incitado al pecado en el auto, ahora colgaba de su cuerpo como una mortaja empapada.—¡Isabella! —grité, acortando la distancia entre nosotros.Ella se sobresaltó, pero no se giró de inmediato. Se llevó las manos a la cara en un gesto rápido, un intento desesperado de ocultarse. Me detuve a un paso de ella, jadeando, sintiendo cómo el agua helada me bajaba por el cuello.—Isabella
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