El pitido del monitor cardíaco pareció acelerarse justo antes de que sus párpados vibraran. Me quedé inmóvil, con el corazón golpeando mis costillas como un animal enjaulado. Cuando Isabella finalmente abrió los ojos, no hubo confusión, ni miedo, ni el alivio que yo esperaba encontrar. Sus pupilas se fijaron en las mías con una lucidez aterradora, una claridad fría que me hizo desear que hubiera seguido durmiendo.Intentó incorporarse, pero el dolor la hizo jadear y volver a caer contra la almohada. Yo me acerqué para ayudarla, pero ella apartó su mano de la mía como si mi contacto fuera veneno puro.Entonces, empezó a reír.Era una risa débil, rota por la fatiga, pero cargada de una ironía tan afilada que cortaba el aire.—Vaya... —susurró, mirándome de arriba abajo, deteniéndose en mi uniforme y en el rostro que tanto tiempo había ocultado bajo una capucha—. Así que al final, mi secuestrador no era un fantasma, ni un loco de los que pueblan las calles de Atenas. Eras tú. Siempre tuv
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