La lluvia caía sobre la villa de Long Island como un telón de cristal, ocultando los pecados de la casa tras una cortina de agua fría y persistente. Isabella caminaba por el patio de piedra, descalza, con el vestido de seda blanca ahora empapado y pegado a su cuerpo como una segunda piel traslúcida. No parecía una reina, parecía un fantasma buscando su propio entierro.
Me acerqué a ella con el paso lento, ignorando el agua que empapaba mi traje táctico. Al sentir mi presencia, ella no se asustó