El último día en la mansión Vince se sintió como una vigilia fúnebre. El sol se arrastró por el cielo con una lentitud tortuosa, iluminando cada rincón de aquel palacio de mármol que ahora se sentía más como una cripta. No vi a Isabella en todo el día. Francesco, ocupado con las repercusiones del atentado de la noche anterior y movilizando a sus hombres para una posible represalia, apenas me dirigió la palabra, limitándose a darme órdenes secas sobre la seguridad perimetral.
Pero mi mente no es