El aire en el almacén abandonado de los muelles de Nueva Jersey olía a pólvora, salitre y muerte. Las ráfagas de las metralletas cortaban la oscuridad, iluminando por milésimas de segundo el caos de cajas de madera y casquillos de bala que cubrían el suelo. Pablo estaba fuera de cobertura, de pie en medio del pasillo central, disparando su arma reglamentaria con una precisión mecánica, pero con una indiferencia que helaba la sangre. Una bala le había rozado el hombro y otra le había atravesado el costado, tiñendo su camisa táctica de un rojo oscuro y viscoso, pero él ni siquiera parpadeaba.No buscaba refugio. No buscaba sobrevivir. Buscaba el final.—¡Rizzo, al suelo! —rugió una voz a lo lejos, pero Pablo no escuchó.Un mercenario se asom&
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