La madrugada se filtraba por los ventanales de la habitación de Isabella con una luz azulada y gélida, como si el mismo cielo se hubiera quedado sin aliento tras la tormenta. El silencio era tan denso que podía escuchar el tictac de mi propio reloj, marcando los segundos que me separaban de perderla para siempre. Entré sin hacer ruido, con el alma arrastrándose por el suelo y el sabor amargo del beso de Cianna todavía quemándome los labios como si fuera ácido.
Isabella no estaba en la cama. Est