El sol de la mañana se filtraba a través de los cristales blindados del Cadillac negro, pero dentro del vehículo el aire estaba viciado por una tensión gélida. Yo mantenía la vista fija en el retrovisor, mis ojos ocultos tras unas gafas oscuras, las manos enguantadas apretando el volante con una rigidez profesional. Tras la noche en el cobertizo, cada fibra de mi cuerpo gritaba por alcanzarla, por tocar la piel que aún sentía arder bajo la mía, pero el deber —y la supervivencia— me obligaban a