El silencio en la mansión de Francesco Vince era siempre una mentira, una capa de barniz sobre un nido de serpientes. Esa noche, el aire pesaba más de lo habitual. Caminaba por el ala este, con el uniforme de seguridad y la mirada de piedra, cumpliendo mi papel de sombra. Al pasar frente a las pesadas puertas de roble de la biblioteca, un sonido me detuvo en seco: el eco de una discusión, pero no era el rugido de Vince ni la frialdad de sus lugartenientes. Eran voces femeninas.
Me pegué a la pa