La lluvia arreciaba sobre los jardines de la mansión de Vince, transformando el paisaje en un laberinto de sombras y estrépito. Corrí entre los setos, con el corazón golpeando mis costillas como un animal enjaulado. La imagen de Cianna —viva, gélida, despiadada— seguía grabada en mi retina, quemando cada uno de mis recuerdos. Pero mi prioridad absoluta era ella.
La encontré cerca de la fuente de mármol, al final del sendero de los sauces. Isabella estaba de pie, bajo el agua torrencial, con los