Elowen caminó por el pasillo de la presidencia con una lentitud que delataba que le dolía hasta el alma. Cada paso que daba le enviaba una punzada aguda a la sien, donde tenía un pequeño vendaje blanco muy limpio. Además, el brazo izquierdo le pesaba muchísimo, como si fuera de plomo, y sentía el cuerpo molido por la caída.Al abrir la pesada puerta de su oficina, se detuvo en seco y contuvo el aliento. Killian estaba allí, de pie junto al gran ventanal que daba a la ciudad. Parecía haber estado esperándola durante mucho tiempo, porque su rostro se veía cansado. Al verla con esa venda en la sien, sus ojos se abrieron con sorpresa y preocupación.—¿Qué te pasó, Elowen? —preguntó Killian, acortando la distancia entre ellos en solo dos zancadas rápidas.Su voz no era la de siempre; estaba cargada de una angustia real, casi desesperada. Se detuvo justo frente a ella, analizando cada herida con una mirada que recorría su rostro con ansiedad.—Elowen, por Dios, tienes un golpe fuerte en la
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