El eco de las campanas de la catedral llenaba el aire de la ciudad, un sonido metálico y triunfal que para muchos anunciaba la boda del siglo, pero que para otros sonaba como el tañido de un funeral. Dentro de la sacristía, el ambiente estaba tan cargado que costaba respirar. El aroma de miles de flores blancas importadas resultaba casi insoportable, una fragancia dulce y espesa que se mezclaba con el olor a incienso, a perfume caro y a los nervios eléctricos de última hora.Vianca Vanderbilt permanecía inmóvil frente al espejo de cuerpo entero, como una muñeca de porcelana de edición limitada. Su vestido de encaje francés era una obra maestra de costura, con miles de cristales cosidos a mano que captaban la luz de las velas. Dos costureras permanecían de rodillas a sus pies, estirando la cola de seda con una precisión casi quirúrgica. En su cuello, los diamantes de la familia Vanderbilt brillaban con una frialdad que igualaba su mirada.De pronto, la puerta se abrió de golpe, golpean
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