La boca de Sael tocó la mía.Sin anuncio. Sin el segundo de duda que tienen los besos que se piensan demasiado.Solo el calor de él, que ya no era sorpresa sino información que mi cuerpo procesó antes que el cerebro: doce grados sobre lo normal, concentrado en el punto de contacto, expandiéndose desde ahí hacia adentro como algo que no tiene dirección y no necesita tenerla.Tardé exactamente un segundo en responder.Un segundo en el que mi cerebro intentó hacer el inventario habitual — qué implica esto, qué significa, cuál es el siguiente movimiento — y fracasó, porque el vínculo tomó esa fracción de segundo y la usó para borrar el intento.Respondí.Sael no se movió hacia mí.Eso lo noté incluso entonces, incluso con el pensamiento clínico reducido a un hilo: esperaba que yo avanzara.Había avanzado hacia él en el cap. 68, había sido mi decisión, y él no iba a sobreescribirla tomando el control que yo no le había dado.Lo tomé yo.Puse las manos en su pecho — el mismo gesto del cap.
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