Antes de subir a la habitación, lo vi.Estaba cruzando el corredor interior hacia las escaleras — ya pasaban de las diez, la hacienda había empezado su proceso de silencio nocturno, las luces de los corredores reducidas a las de emergencia que Perla dejaba encendidas por hábito. Iba con la cabeza en otra parte, pensando en la conversación con Sael y en lo que había escrito en la agenda y en la pregunta que todavía no me había hecho en voz alta.Me detuve en la ventana que da al jardín sur. No sé qué me detuvo exactamente. Movimiento periférico, quizás.Luciano estaba en el patio.De pie, solo, con algo en la mano.No era el teléfono que usaba para los trámites de la hacienda. Eso lo había visto antes — un teléfono como cualquier otro, táctil, con la pantalla iluminada azul cuando revisaba correos. Esto era distinto.Más viejo. Mucho más viejo. Del tipo que ya no fabrica nadie desde hace al menos quince años: cuerpo rectangular, pequeño, sin pantalla visible desde donde estaba, con la
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