Valentina se obligó a ponerse de pie, luchando contra un mareo violento que amenazaba con devolverla al suelo.El mundo se inclinaba ante sus ojos en un ángulo enfermo y una náusea persistente, ácida y amarga, le quemaba la garganta como hiel. Miró el cuerpo de Héctor tendido en el suelo, pero no sintió lástima; solo una repulsión visceral, una náusea del alma que la hacía temblar de pies a cabeza. Con dedos torpes y helados, abotonó su blusa, ocultando la piel que sentía sucia, y trató de alisar su falda con movimientos mecánicos, erráticos, como los de una muñeca rota tras un castigo cruel.Salió de la oficina sin mirar atrás, escapando del aire viciado. El pasillo estaba desierto, sumido en un silencio sepulcral, pero sentía que las paredes se cerraban sobre ella, juzgándola con una mirada invisible. Al llegar a la calle, el aire gélido de la noche la golpeó como un látigo, pero no logró despejar la bruma de su mente. Sabía que no podía conducir; sus manos temblaban con tal violenc
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