Valentina se obligó a ponerse de pie, luchando contra un mareo violento que amenazaba con devolverla al suelo.
El mundo se inclinaba ante sus ojos en un ángulo enfermo y una náusea persistente, ácida y amarga, le quemaba la garganta como hiel.
Miró el cuerpo de Héctor tendido en el suelo, pero no sintió lástima; solo una repulsión visceral, una náusea del alma que la hacía temblar de pies a cabeza. Con dedos torpes y helados, abotonó su blusa, ocultando la piel que sentía sucia, y trató de alis