El motor del auto de Alejandro rugió frente a la escuela, rompiendo el murmullo de los padres que esperaban a sus hijos. Julián salió disparado por el portón, pero esta vez no buscó el refugio del asiento trasero. Tomó la mano de su padre y, con un tirón insistente, lo guio dos calles más allá, hasta un rincón sombreado por robles antiguos.
Allí estaba ella. Fabiola lucía un vestido impecable, el cabello perfectamente ondeado y una mano posada con fingida distracción sobre el cochecito de Penélo