Héctor empujó la puerta de la mansión Echeverry con fastidio. había pasado horas fuera de casa pensando en sus propios planes, y lo último que quería era escuchar reproches. apenas dio unos pasos en el vestíbulo, una voz furiosa lo detuvo.—¿Dónde estabas? —soltó ella sin preámbulos, bloqueándole el paso—.Héctor. llevas días tratándome como si yo fuera un mueble viejo, como si no existiera. ¡mírame cuando te hablo!—Hazte a un lado, Sandra. no tengo humor para tus escenas de celos —respondió él, intentando esquivarla.—¡No son celos, es dignidad! —gritó ella, tomándolo del brazo para frenarlo—. me evitas, me desprecias, ni siquiera me tocas. ¿qué te pasa? después de todo lo que hemos hecho, ¿así me pagas?Héctor soltó una carcajada seca y se soltó del agarre con un movimiento brusco. se dio la vuelta y la encaró, mostrando por fin su verdadera cara, esa que guardaba para los momentos en que ya no necesitaba fingir.—¿Dignidad? no me hagas reír. sí tuvieras un gramo de eso, ya habrías e
Leer más