—¡Eres tú! —gritó Julián, hundiendo la cara en su hombro, asfixiado por sus propios sollozos—. ¡¿Esto es real?! ¡Dime que no estoy loco! Porque si estoy soñando, prefiero que me mates ahora mismo a despertar. En esa mansión todo es frío, Valentina... ¡Todo es un asco, todo es una mentira!Valentina lo apretó contra sí, sintiendo la fragilidad de ese adolescente que había madurado a golpes de soledad.—Lo siento mucho, Julián —susurró ella, con las lágrimas quemándole las mejillas—. Jamás quise que este fuera tu precio.De pronto, Julián se apartó. El amor en sus ojos se transformó en un destello de furia fría. Se giró hacia Cristina, que observaba la escena desde la sombra, y la señaló con un dedo tembloroso.—¡Y tú! —bramó Julián, y su voz llenó la habitación de una amargura insoportable—. ¡Tú lo sabías! ¡Cada maldita vez que vine aquí a llorar por ella, tú me mirabas a la cara y me dejabas creer que estaba bajo tierra!—Julián, yo... —intentó intervenir Cristina, con el rostro pálido
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