Fabiola se acercó cuidadosamente a la puerta y miró por la mirilla. Al otro lado no estaba Cristian. El hombre que esperaba ver tenía un rostro distinto, más duro, con una expresión que no prometía nada bueno. Dudó unos segundos antes de abrir. Giró el seguro con lentitud y entreabrió apenas.
Respiró hondo y, con los dedos temblorosos, giró la llave. No iba a mostrarse débil. Abrió apenas una rendija, manteniendo la cadena de seguridad puesta.
—¿Quién eres? —preguntó Fabiola, tratando de que su