Vicente tomo el vuelo que lo llevo de nuevo a Medellín, y cuando aterrizo, empezó a caminar sin rumbo fijo por las calles, sintiendo que la ciudad se le cerraba encima. La revelación de Clarisa no era un alivio; era una brasa ardiendo en su pecho. Cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro de Valentina.
Sin darse cuenta, sus pasos lo llevaron hasta el apartamento de Cristina.
—¿Vicente? ¿Qué hace usted aquí? —preguntó sorprendida.
—Perdona que venga sin avisar —dijo él con voz cansada—. Le p