William se enderezó lentamente, limpiándose la comisura de la boca con el dorso de la mano. Sus ojos inyectados en rabia se clavaron en Mateo, ignorando por completo el dolor del golpe.Lejos de amedrentarse, la agresión física solo avivó el fuego de su orgullo herido. Dio un paso al frente, con los puños cerrados y el cuerpo rígido, dispuesto a devolver el impacto multiplicado por dos. Mateo no retrocedió ni un milímetro, manteniendo su postura protectora delante de Nahla, con los hombros firmes y desafiantes.—No tienes la menor idea de con quién te estás metiendo, infeliz —escupió William, con una voz ronca que retumbó en cada rincón del despacho presidencial—. Esta es mi empresa, esta es mi esposa, y nadie entra aquí a ponerme una mano encima sin pagar las consecuencias. Te voy a arrastrar fuera de este edificio yo mismo.—Inténtalo si tienes el valor, William —desafió Mateo, sin perder un ápice de compostura, aunque sus músculos estaban en máxima alerta—. Los apellidos y el dinero
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