Los días siguientes, pasaron como en un goteo constante de silencios y distancia. William seguía instalado en su penthouse, atrincherado en una rutina que parecía diseñada para desgastarle los nervios a cualquiera.
En las oficinas del Imperio Vantgarde, su actitud con Nahla se mantenía intacta: frío, indiferente, limitándose a firmar lo estrictamente necesario y a tratarla con una cortesía corporativa que dolía más que un insulto directo. Era como si la intimidad que alguna vez compartieron se h