Mientras las horas avanzaban, en el penthouse de William el tiempo se diluía entre botellas vacías y lamentos ahogados. El hombre permanecía tirado en su habitación, hundiéndose en una embriaguez violenta, tratando de apagar el asco que le provocaba su propio apellido. Sin embargo, a kilómetros de allí, en la soledad de su apartamento, Nahla no tenía ninguna anestesia para el dolor que le desgarraba las entrañas.Sentada en medio de la cama, con las piernas encogidas, miraba la pantalla de su teléfono una y otra vez, contemplando las malditas fotografías que le habían enviado. En las imágenes, William y Dalia se devoraban la boca con una desesperación salvaje, una entrega que delataba que el pasado seguía más vivo que nunca.—¿Por qué me duele tanto si esto solo era un negocio? —se preguntó Nahla a sí misma, con la voz quebrada por el llanto, mientras apretaba el aparato contra su pecho—. Fui una estúpida. Yo inventé este matrimonio por venganza, yo puse las reglas, pero permití que se
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