Horas, más tarde. Nahla arrojó la tableta contra el fino escritorio de su oficina, pero el aparato no se rompió, dejando en evidencia el titular que parpadeaba en letras rojas: ¿Heredera inestable o marioneta de su nuevo esposo? El aire en sus pulmones quemaba. No era tristeza; era una humillación líquida que corría por sus venas, transformándose en una rabia ciega que le hacía temblar las manos. Sabía perfectamente de qué billetera había salido ese golpe bajo.
—Ese maldito infeliz... —susurró N