La sala de juntas se hundió en un silencio sepulcral, un vacío denso y pesado que se instaló tras la última amenaza de Nahla. Ninguno de los accionistas se atrevía a sostenerle la mirada; el aire allí dentro parecía haberse vuelto irrespirable.Algunos bajaron la vista, de pronto fascinados por sus gemelos o por documentos que fingían analizar con urgencia, temerosos de que los ojos de ella, cargados de una furia gélida, se posaran sobre ellos. Paolo, sin embargo, era la única nota discordante: respiraba con una rabia animal, ruidosa, mientras su mano apretaba la mejilla donde el golpe de Nahla todavía ardía como un hierro al rojo vivo.Nahla volvió a tomar asiento. No lo hizo con prisa, sino con una parsimonia aterradora, una calma absoluta que gritaba control.—Ahora que todos han procesado finalmente quién dicta las reglas en este recinto —sentenció, su voz cortando el aire como un bisturí—, podemos retomar la sesión.Esteban Llorente, con los dedos temblorosos, se reajustó la corba
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