La mansión Vásquez, que durante años había sido el epicentro de cenas ostentosas y un nido de apariencias asfixiantes, esa noche parecía una jaula de cristal a punto de estallar.
Paolo permanecía hundido en uno de los sofás del despacho principal, con el labio partido, hinchado de un rojo violáceo, y la camisa arrugada como el despojo de una batalla perdida. El eco de las noticias retumbaba desde el televisor encendido, donde las imágenes de la boda se repetían en un bucle tortuoso, proyectando