129. Sin cargar sombras
Aquella mañana, el aeropuerto estaba lleno de una luz fría y ordenada: suelos pulidos, el suave traqueteo de las ruedas de las maletas, anuncios que llegaban y partían sin pausa. James caminaba ligeramente por delante, una mano tirando de una maleta grande, la otra sosteniendo sus pasaportes. Emma caminaba a su lado, con un abrigo color crema sobre los hombros, el cabello recogido en un moño sencillo. Ethan avanzaba dando pequeños saltos, con una mochila con estampado de aviones bien ajustada a la espalda.—Papá —dijo Ethan en tono conspirativo, con la voz llena de secretos—, en París hay una torre muy alta, ¿verdad?—La hay —respondió James—. Se llama la Torre Eiffel.—¿Más alta que un columpio? —rió Ethan.—Más alta que un columpio —repitió Emma, riendo con él. Había un brillo en sus ojos—una luminosidad que durante mucho tiempo apenas se había permitido. Este viaje no era una recompensa, ni una huida. Era una pausa que habían elegido juntos, planeada sin ambición excesiva. Una ciud
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