134. No una sombra, sino real
La mañana en París. La luz se deslizaba por la estrecha rendija de las cortinas del hotel, trazando líneas suaves sobre el suelo de madera. James se despertó primero, escuchando la respiración constante de Emma a su lado, y los pequeños sonidos que Ethan hacía desde la cama supletoria—murmullos inconclusos de un sueño que aún persistía. Fuera de la ventana, la ciudad se movía despacio, como si hubiera aceptado proteger su ritmo.Salieron después de un desayuno sencillo. Croissants calientes, café con el amargor justo, chocolate caliente para Ethan. No había un plan establecido—solo la dirección del sol y el deseo de caminar. Emma llevaba una pequeña cámara colgada al cuello, no para perseguir imágenes, sino para registrar sensaciones.Junto al Sena, la mañana aún era tenue. Los libreros abrían sus cajas verdes, colocando páginas amarillentas con cuidado. James caminaba unos pasos detrás, dando espacio a Emma y a Ethan. El niño se detenía cada pocos metros, señalando barcos, pájaros, l
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