La tarde tenía el ritmo lento de los jueves.Luz de invierno entrando por el ventanal del salón, ya baja, ya anaranjada. Sofía con las piernas cruzadas en la alfombra. Leo a la izquierda de Camila con el cuaderno abierto. Diego en el umbral de la cocina, donde llevaba un rato sin moverse.Nadie tenía prisa.Eso era lo más extraño.Camila lo notó sin nombrarlo: que en una tarde que llevaba semanas construyéndose en documentos y condiciones y fechas fijadas por abogados, lo que había era simplemente una tarde. Luz baja. Dos niños en el suelo. El sonido del crayón de Leo sobre el papel.Sofía lo rompió, como Sofía rompía todo.—¿Por qué no vivías con nosotros?La pregunta llegó sin anuncio, en el tono exacto con que Sofía preguntaba todo: sin acusación, sin estrategia, con la curiosidad directa de quien genuinamente quiere entender cómo funciona el mundo y no ve razón para no preguntar.Camila la miró.Cuatro años. Las coletas torcidas. Un rastro de zumo en la comisura de la boca que nad
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