La tarde tenía el ritmo lento de los jueves.
Luz de invierno entrando por el ventanal del salón, ya baja, ya anaranjada. Sofía con las piernas cruzadas en la alfombra. Leo a la izquierda de Camila con el cuaderno abierto. Diego en el umbral de la cocina, donde llevaba un rato sin moverse.
Nadie tenía prisa.
Eso era lo más extraño.
Camila lo notó sin nombrarlo: que en una tarde que llevaba semanas construyéndose en documentos y condiciones y fechas fijadas por abogados, lo que había era simpleme